Blog Furia

 

Collage de Valentina Romero- Maleza

 

Que termine cuanto antes

Por: Zohanny AMC

Lo conocí por Tinder. Empecé a hablar con él por desparche y porque soy adicta al amor romántico y a veces creo que el amor puede aparecer de repente. Tuve varias señales. Las ignoré todas. Insistí en tumbar lo que mi intuición decía y opté por llenarme de discursos de liberación sexual. Más señales, más ansiedad. Lo evadí todo. Llegué a su casa aceptando un almuerzo.

Hasta ahí, cualquiera diría que lo estaba buscando. Lo busqué hasta el momento en que terminé de almorzar y ya estaba segura que no quería ninguna clase de contacto. Pero no me fui. Quizás el segundo momento de permisividad. No me fui por pena, no me fui por incomodidad, no me fui para no quedar ‘mal’.

Me aturdía su habladuría, me molestaba la manera en la que hablaba de otras mujeres; pero no me fui. Estaba postrada en su sofá, inmóvil, indecisa de cómo decirle que me quería ir, cómo hacerlo para que él no se sintiera herido…después de todo me había hecho almuerzo. Se me tiró encima para darme un beso acuoso y desesperado que yo no correspondí. Solo dejé mis labios entreabiertos y el resto de mi cuerpo tieso. Él no lo notó, creyó que nos estábamos besando.

Bajo los estándares culturales de machismo en los que hemos aprendido a cortejarnos, parece que para ese momento del primer beso yo quisiera estar ahí y que estuviera jugando a dejarme seducir, a oponer resistencia porque así son las reglas del juego ¿cierto? Pues no, quería salir corriendo. Pero ninguna de mis piernas se movía, ninguna de las retahílas feministas que me sé de memoria bastaron para irme. Sólo pensaba en que no quería generar un conflicto, no quería sonar exagerada, no quería que él fuera a reaccionar de ninguna manera.

En el segundo beso húmedo, mi boca correspondió: ¿tercer o cuarto ‘error’? Al sentir que mi boca se movía, él entendió la señal y metió su mano en mi pantalón, de inmediato. Dije que no. Recuerdo haber dicho que no. Silencio. Mi cuerpo dejó que continuara, mi cabeza se iba a explotar por dentro ¿por qué no lograba parar esa ola que crecía cada vez más? ¿qué debía decir para que parara si el ‘no’ era insuficiente? ¿debía entonces pararme y hacer un escándalo? No, esa no era una opción, estaba en su casa, yo me había metido ahí. Y sucedió uno de los momentos más dolorosos, oí mi voz en mi cabeza diciendo: ¿quién te manda? y me abandoné a su suerte.

Estaba molesta, en ese momento estaba desesperada dentro de mi propio cuerpo. Sentía que una era yo y que otra era la que se dejaba desnudar y se involucraba en lo que ya no tenía reversa. Veía sus manos tocándome y sentía placer y sentía asco y sentía tristeza y sentía placer otra vez. Tuve una oportunidad y la dejé pasar. De repente, llegaron dos hombres a su apartamento, entraron sin aviso y me vieron desnuda. Corrí a su cuarto, ya estaba humillada. Tuve un momento de lucidez así que me vestí y me preparé para salir. Era el momento. Pero él entró al cuarto y cerró con seguro, me abrazó con sus 1’90 de estatura y rápidamente me quitó la camisa.

Perdí mi oportunidad. Mi cara era neutra, recuerdo haberlo sentido. No había gozo, sólo arrechera, que es muy distinto. Evadía su cara, cerraba los ojos para no ver lo que estaba pasando. Quiso penetrarme sin condón. Dije no. Se puso un condón y entró mientras mis piernas estaban entreabiertas, al igual que mi boca en el primer beso. 1, 2, 3. Se quitó el condón y quiso penetrar otra vez. Dije no, empujé su abdomen, dije no. Me cargó con su fuerza y me sentó sobre él, me penetró sin condón. Dije no, un no molesto y me quité rápidamente. Se calmó un momento.

Ya para entonces sentía que mi trabajo estaba hecho. Sí, supe que estaba prestando un servicio sexual a cambio de un almuerzo sin haberlo planeado ¿ya me podía ir entonces? Fui al baño y me vi en el espejo. Estaba desnuda con el pelo desordenado, mis ojos me miraron y me enjuiciaron. Ya pasó, les dije, ya nos vamos. Salí del baño y me senté en la cama, estaba aturdida y acababa de tener un orgasmo ¿cómo podía sentir miedo, culpa y placer al mismo tiempo? Desde ahí sabía que tendría que pedirme perdón porque mi cuerpo me había traicionado.

Le dije que tenía que irme. Me besó y me tocó de nuevo. Me arrastró a la cama y comenzó a frotar su pene contra mi vagina. Dije no, sé que dije no. Moví la cabeza de un lado a otro. Dije no. Y como si fuera un hipnotizador, me miró a los ojos y lentamente metió su pene abriendo espacio entre mis músculos tensos. A partir de ahí, desconecté, me rendí a su fuerza y mi cuerpo se desgonzó como muñeca de trapo. Dejé mi carne ahí y me fui hacia adentro, hacia un lugar muy íntimo donde nadie pudiera tocarme y que lo que pasara afuera terminara cuanto antes. Mientras tanto él y su tamaño, él y sus incontables y desconocidas parejas sexuales, él y sus vicios, él y sus miedos, él y su ego, él y su necesidad, entraron uno por uno a mi hogar que tanto había ordenado meses antes.

Supe que había terminado cuando vino a limpiarme con un papel de la manera más cuidadosa, como quien limpia a su muñeca después de jugar al té. Se acostó satisfecho a contarme acerca de las rumbas drogadictas que alguna vez se había pegado. Yo y mi máscara seguíamos escuchando, sólo atisbé a decir algo como: ¿te haz dado cuenta que sólo hablas de ti mismo? Sí, respondió, a veces me pasa.

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Hoy leí la sentencia de los tipos de ‘la manada’ en España, los 5 que violaron a una mujer en las fiestas de San Fermín. Dice la sentencia que fue un abuso y no una violación, entonces sólo estarán 9 años en la cárcel. Dice el juez que no fue violación porque no hubo resistencia, ni uso de violencia. Ella, la chica, dice que no opuso resistencia porque eran 5 y la superaban de muchas maneras. Y siento su cuerpo de papel como el mío de muñeca de trapo cuando dice: ‘esperé a que todo terminara cuanto antes.’
Y es que el caso de ella es impactante, porque fueron varios y por las sandeces que dicen los jueces. Pero cuando he contado sobre mi última herida y lo que me ha costado, me he encontrado con que somos varias las que no nos hemos podido ir, que nos han tocado con nuestros cuerpos tiesos inmóviles o completamente inconscientes. Y ninguno de nuestros casos han sido violaciones, en teoría, porque tuvimos algún tipo de responsabilidad, o porque lo permitimos, o simplemente porque obtuvimos ‘placer’ al final del encuentro.
Al final, creo que es algo de lo que hay que hablar más. No solo entre nosotras, sino con ellos. A ver si desmontamos este juego estúpido en el que ellos creen que podemos decir que no y en el que nosotras sentimos que no podemos decir que no.

Y es que parecen no darse cuenta que en ningún momento, en absolutamente ningún segundo de todas estas historias, hemos dicho que ‘sí’.